El tercer milagro y el publicista de Dios

the-third-miracle-movie-poster-1999-1020488766    End of days

Una reflexión casi teológica en torno a dos películas menores.

En la película “El tercer milagro” (The Third Miracle, Agnieszka Holland, 1999) un sacerdote especializado en desenmascarar falsos milagros recibe la misión de investigar ciertos prodigios relacionados con una devota mujer muerta tiempo atrás, y para la que una comunidad parroquial de Chicago solicita la canonización. Según parece, las condiciones de canonización se asientan en la demostración de al menos tres milagros. Durante la trama argumental hace acto de presencia un obispo europeo que desempeña la función de ‘abogado del diablo’. En el transcurso de la acción se evidencia un enfrentamiento tenaz entre los dos hombres: frente a la convicción cada vez más favorable del sacerdote, el obispo muestra un rechazo cínico y agresivo hacia los supuestos milagros atribuidos a la mujer fallecida. La discusión se centra, sobre todo, en la naturaleza de uno de los pretendidos milagros, el ‘tercer milagro’: durante la Segunda Guerra Mundial, los aviones alemanes bombardearon una pequeña población centroeuropea. Las oraciones de la mujer -entonces una niña pequeña- hicieron que las bombas arrojadas desde el cielo se transformaran en palomas. El obispo se resiste a aceptar esto como un hecho real, aduciendo la arbitrariedad e injusticia y la incomprensible distribución de las gracias divinas que tal milagro acarrearía

“El tercer milagro” no es, quizás, una obra maestra del séptimo arte, pero aborda un tema muy interesante a través de una trama compacta y bien desarrollada, con interpretaciones muy correctas de Ed Harris, Anne Heche y Armin Muelle-Stahl. Buea parte del interés de la película reside en la discusión sobre el famoso tercer milagro, el de las bombas y las palomas. Esta discusión de a pie a algunas interesantes reflexiones filosóficas, de las que hay una que parece particularmente llamativa.

Se trata del carácter esencialmente arbitrario de lo que solemos llamar milagro, cuya intencionalidad es también ininteligible. Este carácter arbitrario e ininteligible se proyecta como un altorrelieve sobre la trama pétrea del mal en el mundo y sirve, entre otras muchas cosas, para descalificar la idea de Dios entre agnósticos y ateos, en tanto los creyentes (algunos) simplemente operan la traslación semántica de ‘arbitrario’ a ‘misterioso’. El agnóstico y el ateo -en tanto ‘tipos ideales’, se entiende- suelen apelar al mal en el mundo (y por ‘mal’ entienden el sufrimiento inexplicable de los inocentes) para desechar la existencia de Dios; la casuística irracional y el carácter irreal de los milagros es sólo un argumento auxiliar.

Sin embargo, el elemento más importante en este tipo de consideraciones es el de el mal. El mal es algo más que un concepto moral, es una categoría teológica (incluso ontoteológica en el cristianismo, pues el mal es persona). Sólo sobre el tapiz del mal tiene sentido -si es que puede hablarse así- el milagro: una arbitariedad sobre otra mayor. Con el milagro se diría que Dios pretende enmendar la gran chapuza con una chapuza menor, y además de forma chapucera, lo que no deja de resultar coherente.

Desde el punto de vista de ateos y agnósticos tal vez no haya mucho más que decir. De hecho, resulta sorprendente que personas declaradamente no creyentes se enfaden ante noticias de supuestos milagros reconocidos por la Iglesia Católica; aunque tal vez compartan el ethos de Nietzsche, que acusaba a los ateos académicos de su tiempo de no sufrir por la certeza de la ausencia de Dios.

Tal vez el punto de vista más interesante se encuentre entre los creyentes. La postura del obispo, en esta película, puede ser reflejo de una visión del mundo compartida por muchos fieles católicos, quienes aparentemente asumen los postulados de la doctrina cristiana sin mayores problemas, pero a los que la presencia de un milagro tan estentóreo como el de las bombas y las palomas dejaría perplejos y descolocados. ¿Por qué?

Ya se ha comentado antes que la irracionalidad y la arbitrariedad propias de todo milagro sólo cobran sentido -desde un punto de vista creyente, claro está- dentro de la realidad envolvente del mal en el mundo. El milagro viene a ser una especie de ‘intervención divina de urgencia’ frente a una situación también irracional y arbitraria, pero de signo moral opuesto (cabe decir una injusticia palmaria, un peligro absurdo de muerte, un sufrimiento físico en quien no parece merecerlo, y cosas así). Esta situación, establecida como ‘contraparte’ del milagro, sería entonces un antimilagro, aunque igualmente prodigioso: ya se sabe, un clavo saca otro clavo. Por tanto, la naturaleza de los milagros sólo se define frente a esa urdimbre de antimilagros de que está compuesto el mundo y que, agrupados, constituyen la figura del mal.

Por tanto, un auténtico cristiano debería prestar su atención más bien hacia esos antimilagros, condición de posibilidad de los milagros y mucho más frecuentes que éstos. Para el cristiano, la realidad debería ser teofanía, pero teofanía invertida. Es decir, la presencia de Dios en el mundo no se hace más notoria por medio de esos sarpullidos milagrosos de incomprensible distribución que surgen en la dermis del mundo; no, más bien esta presencia se manifiesta en la terrible rutina ‘dérmica’ de los antimilagros que pueblan la realidad, que resultan ser igualmente ininteligibles y que expresan, también, un nivel similar de arbitrariedad divina. Por todo ello, el verdadero creyente ha de tener la suerte de contemplar a Dios en sus obras doquiera diriga la vista: el sufrimiento inútil, estúpido, trivial, injusto y carente de propósito se encuentra por todas partes, y eso, mi querido obispo, es lo auténticamente milagroso.

Pero, ¿qué clase de Dios sería éste? Tal vez la respuesta nos la proporcione el propio diablo, encarnado por Gabriel Byrne en la película “El fin de los días” (End of days, Peter Hyams, 1999) cuando le dice al protagonista -un policía interpretado por el fornido Schwarzenegger- que Dios es “un chapucero, pero, eso sí, con un equipo magnífico de publicistas”.

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Acerca de weisszettel

Soy un ateo no beligerante. El ateísmo es una opción epistemológica, no un imperativo moral ni un evaluador ético. En realidad, esta página es el anuncio de un gastrobar o de un café-lounge. Si usted entra aquí, puede tomar asiento y leer tranquilamente. Eso sí, el café queda de su cuenta.
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